Bethania Güílamo
“No, no yo no perdí todo, pero perdí lo suficiente para cambiar todo. Tú trabajas y planeas para el día cuando tú no tengas que trabajar más. Y esto es lo que Bernie Madoff tomó de mí.” Así hablaba fuera de la corte, una de las víctimas de Bernard Madoff.
El hombre considerado un respetable filántropo y afamado hombre de negocios, se declaraba culpable de haber cometido lo que se considera ha sido el fraude más grande en toda la historia de Wall Street. Más de 65 billones de dólares desaparecieron bajo un esquema de pirámides, donde él pagaba supuestas ganancias a viejos inversionistas, con el dinero de los nuevos, mientras él y su familia se daban la gran vida. Fortunas completas de personas, instituciones benéficas y caritativas y por lo que se cree al menos dos personas empujadas al suicidio, han sido el resultado de esta catástrofe.
Lo que comenzó en los años sesenta con una inversión de cinco mil ($5,000) dólares ahorrados cuando Madoff trabajaba como un socorrista salvavidas y de su negocio de instalar regaderas de jardines, termino con este fraude colosal y un patrimonio familiar de 823 millones de dólares en activos, 22 millones de dólares en propiedades, un yate de 7 millones de dólares y un barco de 2.2 millones de dólares.
Quienes lo conocían lo describen como un hombre carismático, amable, y en ocasiones solitario, distante, y endiosado, que se mostraba tranquilo, y demasiado controlado.
Todo el dinero y el poder que obtuvo sirvieron para mucho, pero sobre todo para impedir que alguien se diera cuenta del trastorno de personalidad antisocial de este hombre. Conocido anteriormente como sociopatía, este desorden unido a la sinvergüencería y la desfachatez, así como a una sociedad aduladora, que se niega a creer que quien ostenta riqueza y poder pueda ser un delincuente, es una mala combinación.
Madoff de setenta años, está en la cárcel, esperando enfrentar una condena de hasta 150 años. Por lo menos sus víctimas tienen el consuelo de saber que está donde tiene que estar y que esto no se quedará impune, y que no habrá indulgencia. “No, no yo no perdí todo, pero perdí lo suficiente para cambiar todo”, decía esa víctima, que ahora no tendrá más que fajarse a trabajar en su edad de retiro.

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